Comparto a continuación unos párrafos de Augusto Monterroso relacionados con el tema de la inteligencia artificial y que pueden encontrarse en las páginas 119-122 de su libro La letra e (Ediciones Era, México, D. F., 2003 [2a. reimpresión], 208 p.). Curiosamente, estos párrafos se escribieron un 22 de septiembre (pero de 1984); me he tomado de agregar un par de hipervínculos para mayor deleite del lector.
Empeñado en establecer la distinción entre tontería e inteligencia, lo que no es tan fácil como parece.
Para comenzar, la tontería humana abunda tanto que buena parte de ella va a dar a los inteligentes, quienes la emplean con más soltura y confianza de lo que lo haría un tonto. Los tontos se empeñan en hacer (y está bien) o en decir (lo que está menos bien) cosas inteligentes. En cambio, es fácil ver cómo los inteligentes hacen o dicen cosas tontas todo el tiempo sin proponérselo. La inteligencia y la tontería se encuentran como en vasos comunicantes, en los que pasan constantemente de uno a otro; en ocasiones se repelen, pero por lo general se mezclan bien, y hacen amistades, alianzas, matrimonios que la gente no se explica y de los que la gente dice cómo es posible.
Busco en diccionarios de filosofía los términos "inteligencia" y "tontería". No aparecen, excepto el primero en su calidad de "intelecto" o "entendimiento", y en formar tan elevada que difícilmente sigo adelante en cuanto veo el nombre de Aristóteles en la línea inicialy el de Occam en la última. No es lo que persigo por el momento. Me hubiera gustado encontrarlos en el Diccionario filosófico de Voltaire, que es más divertido, pero tampoco vienen, por lo menos en mi modesta selección casera. Voltaire poseía mucho de la primera y la daba por supuesta en él, y es probable que todo lo demás le pareciera tontería. Estos dos conceptos, de uso tan frecuente que no pasa día sin que los empleemos al juzgar nuestros pequeños actos cotidianos, son definidos por los filósofos en términos sublimes cuando se trata de la inteligencia, u omitidos cuando se trata de la falta de ésta en acción, o sea la tontería. Y sin embargo, son pocos los que rechazarán la sospecha de que es ésta la que rige el mundo.
Leo las conferencia sobre Don Quijote que Vladimir Nabokov impartió durante un tiempo en la Universidad de Harvard, ahora publicadas en libro por sus herederos: Lectures on Don Quixote (Harcourt Brace Jovanovich, 1983) y me sorprende la cantidad de tonterías que dice y repite satisfecho, lo que hace sin duda confiado en su bien establecida inteligencia.
Durante la lectura, que por momentos se me va volviendo repugnante, me propongo rebatirlo, demolerlo, hacerlo confesar su ignorancia y dejarlo vencido por siempre e incapacitado para cometer nuevos entuertos; pero pronto me doy cuenta también de que, precisamente, esa empresa sería una tontería, por una serie de razones entre las cuales puedo contar hasta tres, o más bien cuatro; bueno, cinco: 1] pocas personas leerán ese libro; 2] menos leen el Quijote y 3] muchas menos a mí; la cuarta es que el libro de Cervantes permanecerá igual con su desdén o mi simpatía; y la quinta, que Nabokov ya no puede defenderse (como si fuera a intentarlo). La inteligencia se casó una vez más con la tontería; y está bien, no le hace daño a nadie. Pero pienso en los estudiantes de Harvard—que suelen no ser tontos—escuchando embobados al autor de Lolita, y en las autoridades de Harvard sonriendo complacidas.
En otro plano, y hablando de la Inteligencia Artificial, esto es, de las computadoras, Douglas R. Hofstadter dice en su libro Gödel, Escher, Bach: una eterna trenza dorada (publicado aquí en 1982, gracias al entusiasmo de Edmundo Flores, por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y cuya Introducción, después de vivas negociaciones, fue traducida de mano maestra por Antonio Alatorre, y el libro no lo consigna, probablemente por descuido o, en cualquier caso, con responsabilidad mía; pero la historia de esta traducción, además de la de su autor, el argentino Mario Arnaldo Usabiaga Brandizzi, por entonces exiliado aquí y hoy muerto, es tan triste, que invocar todo esto para ofrecer una disculpa a Antonio me parecería, y estoy seguro que a él también, como de muy mal gusto de mi parte; pero las cosas sucedieron así y hoy no podría copiar estas líneas de la monumental obra de Hofstadter sin dejarlo claro):
"Hacia 1950-1955, la inteligencia mecanizada parecía estar ya a tiro de piedra: lo malo era que por cada estorbo que se dejaba atrás aparecía siempre otro nuevo estorbo cerrando el paso a la creación efectiva de una auténtica máquina de pensar. ¿Había una razón profunda para esa inacabable y misteriosa esquividad de la meta?
No hay quien sepa dónde está la raya divisoria entre la conducta no-inteligente y la conducta inteligente; más aún, el solo decir que existe una raya divisoria es probablemente una estupidez. Pero hay capacidades que son, desde luego, características de la inteligencia:
responder muy flexiblemente a las situaciones;
sacar provecho de circunstancias fortuitas;
hallar sentido en mensajes ambiguos o contradictorios;
reconocer la importancia relativa de los diferentes elementos de una situación;
encontrar semejanzas entre varias situaciones, pese a las diferencias que puedan separarlas;
descubrir diferencias entre varias situaciones, pese a las semejanzas que puedan vincularlas;
sintetizar nuevos conceptos sobre la base de conceptos viejos que se toman y se reacomodan de nuevas maneras;
salir con ideas novedodas."
Todo esto según Hofstadter, puede enseñársele a una computadora. Ya sería más que bueno enseñárselo a cualquier empleado, a cualquier ama de casa, a cualquier político. Pero, y aquí viene algo lamentable, no se puede enseñar a cualquier escritor. Todo muy claro, pero no sirve para la literatura. Con poco que se piense en ello, es inevitable darse cuenta de que la literatura no se hace con inteligencia sino con talento; aparte de que, bien visto, la literatura se ha ocupado siempre más de la tontería humana que de la inteligencia; es más, parece que la tontería es su materia prima. Sin embargo, dos o tres de estos principios son útiles por lo menos para la crítica o para la enseñanza, y podrían haberle servido a Nabokov cuando se enfrentó (a disgusto, hay que reconocerlo) a la tarea de dar su curso sobre un libro que, con toda su inteligencia, evidentemente no entendió.
En todo caso, cuando una máquina de éstas hace mal su trabajo se dice de ella que falló, no que fuera tonta, por miedo quizá a asimilarla más a lo humano; lo más cercano a esto último que he oído de ellas es que se neurotizan. Por algo se empieza.
